‘El fascismo en España’ de Roberto Vaquero

Cualquier aproximación que, realizada desde una procedencia ideológica distinta a la nuestra, se proponga exponer la no siempre fácil historia de los orígenes del nacionalsindicalismo -con cierta distancia historiográfica y, sobre todo, con deferencia y con respeto- se merece nuestro agradecimiento más cordial y afectuoso. Mucho más todavía si ese estudio es firmado por una persona al que me unen fuertes lazos de admiración y de amistad.
Estoy hablando -claro está- de la obra El Fascismo en España (orígenes y desarrollo) de Roberto Vaquero (Editorial Renacimiento 2.024). Una obra denostada por aquellos que se autoproclaman falangistas pero que, leída y respetada por aquellos que, efectivamente, lo son, ha intentado relatar honestamente aquellas turbulentas circunstancias que motivaron el nacimiento de la ideología política española más tergiversada y adulterada de los siglos XX y XXI. Eso es lo primero que se puede apreciar de la obra de Vaquero: un cronológico relato de hechos que termina -precisamente- en un momento clave de la Historia con mayúsculas de la Falange: el Decreto de Unificación de 19 de Abril de 1.937.
Los años fundacionales del nacionalsindicalismo -esos años míticamente heróicos de los primeros militantes- son expuestos por Roberto Vaquero con exactitud cronológica. La Conquista del Estado, las JONS, la figura de Ramiro Ledesma Ramos, Falange Española y José Antonio, Falange Española de las JONS, la rivalidad entre Ramiro y José Antonio y el camino sangriento que desemboca en el Decreto de Unificación de 1.937. La lectura exacta de estos hitos darán al lector una panorámica completa de aquellos tiempos fundacionales: entre una apenas esquematizada propuesta doctrinal y un inevitable y rápido camino a un tremendo enfrentamiento civil de trascendentales consecuencias dentro del Siglo XX español.
Por contra, y en esta obra, he echado de menos algunas cosas que -por lo demás y por desgracia- tan sólo son conocidas y estudiadas por aquellos de nosotros que llevamos infecundos lustros sumergidos en esta triste historia. Extremos que, alejados de la cronología aséptica, vienen a dotar de sentido algunos de los episodios relatados. Estoy hablando de dos circunstancias estrechamente relacionadas: la conexión entre el falangismo y la violencia y -por ende- el consiguiente papel de Falange en la tormenta que desemboca en el Golpe Militar de 1.936. Sobre estos dos factores, y como elemento indispensable, se debe analizar la evolución personal y política de José Antonio Primo de Rivera. Es imposible un estudio completo del nacionalsindicalismo sin una comprensión plena de esta evolución política y personal del Fundador.
No pierdo la esperanza de leer una nueva obra de Roberto estudiando más profundamente a José Antonio: al José Antonio de 1.935 y 1.936.
Somos muchos, cada vez menos, los que creemos que la propuesta doctrinal nacionalsindicalista no nace ni en 1.931 -con la publicación de La Conquista del Estado y los primeros enunciados jonsistas- ni, por supuesto, en el tan manido discurso fundacional del Teatro de la Comedia de 29 de Octubre de 1.933. Aquellos no fueron más que líneas maestras fijadas sobre la hoja en blanco de un evidente mimetismo fascista. Es la propia evolución personal e ideológica de José Antonio lo que convertirá a la Falange en una corriente política original y digna de estudio. Será el José Antonio del período que se extiende desde mediados de 1.935 hasta su muerte en Noviembre de 1.936 lo que dota al nacionalsindicalismo no sólo de una evidente profundidad política, sino de unas bases doctrinales capaces de evolucionar en el futuro: los cimientos de una obra política en constante transformación. Será esta evolución, por lo demás, lo que nos vino a separar irremisiblemente del imperante pensamiento fascista.
Por eso, muchos de nosotros -cada vez menos- determinamos la fecha fundacional en la del 19 de Mayo de 1.935 -el Discurso del Cine Madrid- o, si se prefiere- en la del 9 de Abril de 1.935, en la Conferencia de José Antonio en el Círculo de la Unión Mercantil. Estas dos intervenciones políticas -sin duda muy meditadas en su momento por José Antonio- han convertido al nacionalsindicalismo no sólo en un movimiento ideológicamente original sino también -e indudablemente- en algo con proyección futura. Proyección que, por otra parte, le es negada por las organizaciones autodenominadas falangistas las cuales, embarcadas en una visión rituaria y envejecida del nacionalsindicalismo, han negado al mismo de cualquier posibilidad de desarrollo doctrinal singularísimamente eficaz.
Lo que se desprende claramente del estudio de Roberto Vaquero es que resulta imposible profundizar en la historia del falangismo abstrayéndolo del devenir de las circunstancias europeas del momento. En realidad, es imposible hacerlo en todo lo referente a la Segunda República Española. Un mundo convulso caracterizado por la ascensión, dentro de la situación internacional, de la pujante URSS -y su influencia en Europa a través de las directrices del Komitern- de la deslumbrante Italia del Fascismo y de la irrupción en la escena de la Alemania Nacionalsocialista. El sindicalismo nacional ha sido -en aquellos años terribles- un débil barco de papel en medio de corrientes encontradas. Creo que, en aquellos años fundacionales, resultó imposible una transmisión coherente de la oferta política falangista al conjunto de la sociedad española. La obra de Vaquero ha conectado perfectamente con el clima de violencia imperante en los años treinta del Siglo XX y en la consiguiente necesidad -traída justamente de estas circunstancias- de convertir la incipiente organización nacionalsindicalista en una milicia combatiente y armada.
Aquí disiento clarísimamente con Roberto. Yo creo que la violencia fue una cosa de todos ejercida por todos en una tremeda espiral que terminó como terminó. La transformación de la organización falangista en una milicia armada no fue más que una necesidad, pero no una estrategia meditada. La Falange no se estructura -al igual que ocurre con los Fascios de Combate italianos- en torno a una organización terrorista que tenga a la violencia como núcleo esencial de su actuación pública. Porque fuera de la imitación fascista inicial del escuadrismo, no existe en la Falange una voluntad planificada de confrontar violentamente con las organizaciones de izquierda. Serán las circunstancias las que, de manera progresiva, irán empujando al falangismo a la violencia.
No es sino al octavo Caído del nacionalsindicalismo -el madrileño Juan Cuéllar en Junio de 1.934- cuando José Antonio se ve compelido por el ala más violenta del movimiento al inicio de las represalias. Hasta entonces, y contra el parecer de la extrema derecha, la dirección de la Falange no había querido entrar en la senda de la represalia y de la acción armada. Cuando, en Diciembre de 1.933, la izquierda boicotea la edición y venta del Semanario FE -la UGT se niega a imprimirlo y a distribuirlo- se está abriendo el camino de una mayor exposición física de los militantes de Falange puesto que, por fuerza, son ellos los que deben de salir a la calle a vocearlo y a venderlo. Esta medida, determinada indiscutiblemente por la postura común de la izquierda europea de cerrar cualquier posible avance del fascismo y que tuvo su máxima expresión en la teoría de frente único del VII Congreso del Komitern, produce por sí sola un manifiesto aumento de la tensión violenta frente al falangismo. Se puede decir -sin lugar a dudas- que nuestros militantes pagaron los platos rotos del intento de Golpe extremoderechista en Francia y de la toma del poder por Dollfuss en Austria.
En el Discurso en el Parlamento de 3 de Julio de 1.934, discutiendo su eventual suplicatorio a raíz de los terribles sucesos del Verano de 1.934, dice José Antonio que como ve el señor Prieto, esto no es una actitud sentimental ni es una actitud violenta. Yo no pensé ni por un instante que estas cosas se tuvieran que mantener por la violencia, y la prueba es que mis primeras actuaciones fueron completamente pacíficas; empecé a editar un periódico y empecé a hablar en unos cuantos mítines, y con la salida del periódico y con la celebración de los mítines se iniciaron contra nosotros agresiones cada vez más cruentas, y por manos movidas, seguramente con intención tan limpia como la de mis amigos, tal vez movidos después a represalias. Pero estas represalias vinieron mucho después; tanto después, que muchas personas que nos suponían a nosotros venidos al mundo para jugamos la vida en defensa de su propia tranquilidad, incluso en periódicos conservadores nos afeaban que no nos entregásemos al asesinato; imaginaban que nos estábamos jugando nuestra vida y las vidas de nuestros camaradas jóvenes para que a ellos no se les alterase su reposo.
Esta cuestión es tan profunda -e interesante- que excede en mucho de estas líneas. Se ha estudiado con hondura y rigor. Sobre la violencia y la Falange en el período 1.933 a 1.936, resulta indispensable la lectura de dos interesantísimos trabajos: los desarrollados de manera usual y cotidiana por Juan Manuel Cepeda en Facebook -verdadera memoria viva de la Falange Fundacional- y el libro De Cada Cuatro Cayeron Tres de Cristóbal Córdoba (Ediciones Esparta. 2.017). Animo a Roberto Vaquero a entrevistar profundamente a Juan Manuel Cepeda sobre la violencia falangista en la Segunda República. Sería un lujo de documentada amenidad.
Sin embargo, y ya lanzada ya a la represalia pistolera desde 1.934, me han resultado interesantísimas las conclusiones de Roberto Vaquero sobre la tensión existente entre una Falange que proclama su absoluta independencia dentro del espectro político de la República y las constantes presiones de la extrema derecha al objeto de obtener el control de la misma. El pulso entablado entre un proyecto político que pretende ser revolucionario y las antiguas derechas españolas. La constante tentación ultraderechista que, desde entonces, ha permeado la organización. El discurso falangista se ve obstaculizado, de manera contumaz y permanente, por una casi absoluta ausencia de medios económicos. Esta falta de medios será suplida no sólo por la Italia Fascista sino también por los sectores económicos más reaccionarios de la sociedad española. Se trataba de una cuestión de mera supervivencia política, en cierto modo parecida al anteriormente tratado asunto de la violencia: todos eran conscientes de que, sin dinero, Falange no podría continuar su acción política. Aquello resultaría determinante -junto al encarcelamiento y desaparición de la práctica totalidad de los Fundadores durante 1.936- para la toma del falangismo por la reacción conservadora. Aunque eso -tal y como afirma Vaquero- es otra historia.
Valgan estas líneas como cariñoso saludo a una obra escrita desde fuera de nuestras fuentes habituales. Y como anuncio de obras más largas y completas sobre el tema que, estoy seguro, serán desarrolladas en el futuro por Roberto Vaquero. Siempre que nuestra eterna falta de tiempo y la urgencia de su acción política se lo permitan.
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