Extremismos

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Extremismos

He seguido con divertido interés la polémica que iniciaron Arcadi Espada y Federico Jiménez Losantos sobre los extremismos patrios. Entrometerse en un choque argumental entre semejantes pesos pesados del panorama intelectual español equivale a intentar mediar en un combate entre un tigre de Bengala y un león del Serengueti, es decir, constituye a todas luces un ejercicio de alto riesgo, pero como los conozco muy bien a los dos desde hace muchos años y a ambos profeso un sincero y profundo afecto, al que ellos siempre muy amablemente han correspondido, me atrevo a echar mi cuarto a espadas en esta polémica. Hasta ahora, después de que Arcadi abriera el fuego con una columna titulada “Por el fin de la indecencia”, siguió una réplica de Federico en otra, situada en la misma página y misma colocación, de encabezamiento “Indecencia sin fin” a la que respondió Arcadi con una pieza denominada “No debería perder guapeza” y ha rematado hoy -escribo estas líneas el viernes- Federico con un texto al que ha bautizado con el ingenioso hallazgo “Ciudanaderías”. Veremos si el cruce de afiladas hojas dialécticas sigue o si los contendientes tras dos enérgicos mandobles cada uno dan el lance por zanjado.

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Se ha impuesto en nuestro decepcionante panorama político un hábito perverso, que es la sustitución de los razonamientos y los datos por las etiquetas. Así, muchos de los personajillos que pueblan parlamentos, ministerios, consejerías y consistorios, arremeten contra sus adversarios electorales con epítetos del tipo “ultraderecha”, “ultraizquierda”, “franquista”, “fascista” y lindezas reduccionistas de este tenor. Hay que decir que esta práctica empobrecedora del debate público es netamente más abundante en los campos podemita, socialista y separatista que en la otra orilla del espectro ideológico, donde se intenta por lo menos de vez en cuando apelar al cerebro del votante y no a sus vísceras.

Sorprendentemente en alguien tan despiadadamente racional como Arcadi, en su intercambio de perspectivas con Federico se deja llevar por el etiquetaje prescindiendo de la evidencia empírica. Desde esta óptica, los planteamientos de Federico son difícilmente rebatibles. En efecto, ¿quiénes son los extremistas, los que se alían con el separatismo, indultan a sediciosos, aceptan a los filoterroristas como mascota de compañía, convierten nuestras fronteras en un coladero, abren viejas heridas ya cicatrizadas por la Transición, enfrentan aviesamente a hombres con mujeres, forman coalición con totalitarios comunistas y chavistas y pretenden vaciar los bolsillos de los sectores sociales que sostienen el país crujiéndolos a impuestos, o los que actúan en los tribunales para defender la Constitución, facilitan Ejecutivos sin entrar en el reparto del botín, reclaman una fiscalidad no confiscatoria, abogan por la reconciliación, afirman la unidad nacional, exigen medidas para el control de la inmigración irregular y reclaman la igualdad ante la ley con independencia del sexo del justiciable?

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Estos y otros hechos escasamente discutibles trituran la caricatura de Vox como una fuerza de radicalidad equiparable, aunque en el lado opuesto, a la de Podemos, Bildu y los golpistas catalanes. Con la serenidad de juicio que me da el llevar ya siete años sin militar en ningunas siglas y haberme dado de baja en dos partidos, en un caso por discrepancias conceptuales y morales y en el otro por decepción en el plano personal, me veo obligado a alinearme con las tesis de Federico en esta ocasión frente a las de Arcadi.

El paralelismo que sitúa a Vox y al bloque que sustenta parlamentariamente a Pedro Sánchez en una misma categoría de desbordamiento del orden constitucional no resiste un análisis someramente imparcial. Mi interpretación es que el rechazo a Vox sin paliativos de Arcadi obedece más a criterios estéticos y formales en los planos cromático, léxico, simbólico y gestual que estrictamente sustantivos. Al fin y al cabo, el señalamiento de que el Estado de las Autonomías ha fracasado estrepitosamente en su principal objetivo, que siempre ha sido la pacificación de los secesionistas, y lamentar el coste desorbitado de su disfuncional estructura, así como su fragmentación del mercado interior por las numerosas barreras lingüísticas y regulatorias que nos inflige, no revela extremismo, sino lucidez. Asimismo, promover políticas públicas que, lejos de cualquier penalización, en lugar de arrastrar a las mujeres hacia el quirófano les aseguren el derecho a elegir ser madres superando los obstáculos de carácter económico, familiar o laboral de un embarazo problemático, no parece una opción desdeñable bajo el prisma de un humanitarismo sin apellidos. En cuanto a la resistencia a la imposición de una visión hemipléjica de la Historia que yugule el saludable debate sobre el significado y efectos sobre el presente de acontecimientos pasados, a ningún partidario del rigor y la objetividad en el cultivo de las disciplinas sociales le puede ser ajena.

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No es cierto que sobre la democracia española actual graviten dos amenazas similarmente peligrosas, una en su amura de babor y otra en la de estribor. Más allá de gustos y preferencias legítimos en la dimensión política que nos define como ciudadanos, las consecuencias de un eventual éxito de la amalgama forjada por el comunismo, el populismo caribeño, el supremacismo racista y los legitimadores de la violencia asesina como instrumento de acción política, sobre nuestra calidad de vida, nuestra seguridad jurídica y física y nuestra libertad, no son en absoluto comparables en términos de letalidad a las que tendría una mayoría de la derecha nacionalista, católica, conservadora y euroescéptica (que no eurófoba). La presentación de estas dos posibilidades como igualmente sobrecogedoras surge de un desenfoque político, intelectual y ético impropio de mentes situadas en el rigor científico, a saber, observación, experimentación y concordancia de la teoría con la experiencia verificada.

Es un lugar común la cínica máxima atribuida a un cierto periodismo que establece que la realidad no debe estropear un buen titular. Pues bien, tampoco la brillantez, sobre todo si es prisionera de prejuicios, debe, por deslumbrante que luzca, distorsionar la verdad.

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Alejo Vidal-Quadras
Autor: Alejo Vidal-Quadras
Alejo Vidal-Quadras – (Barcelona, 1945), Doctor en Ciencias Físicas y Catedrático de Física Atómica y Nuclear, desarrolló entre 1968 y 1989 una fecunda trayectoria en los campos de su especialidad: la Física de las Radiaciones, la Radioactividad Ambiental y la Radioprotección. Ha ejercido su labor investigadora y docente en la Universidad de Barcelona, en la Universidad Autónoma de Barcelona, en el Centre de Recherches Nucléaires de Estrasburgo y en el University College de Dublín. Ha sido Senador en representación del Parlamento de Cataluña y presidente de la comisión de Educación y Cultura del Senado entre otras responsabilidades institucionales. Fue presidente del Partido Popular de Cataluña durante el período 1991-1996 y candidato a la presidencia de la Generalitat en 1992 y 1995. Vidal-Quadras fue Diputado del Parlamento Europeo y Vicepresidente de dicha Cámara de 1999 a 2014, donde fue asimismo miembro particularmente activo de la Comisión de Industria, Energía e Investigación. En abril de 2008 recibió la Orden nacional francesa de la Legión de Honor en la categoría de Oficial, por su decisiva labor legislativa en el campo de la energía. Entre sus libros podemos citar ‘Cuestión de fondo’ (1993), ‘En el fragor del bien y del mal’ (1997), ‘Amarás a tu tribu (1998), y ‘La Constitución traicionada’ (2006). Es colaborador habitual de diversos medios de comunicación como MEDITERRÁNEO DIGITAL, La Gaceta, Libertad Digital y tertuliano del programa de televisión ‘El Gato al agua’ (Toro TV).


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2025-12-05 01:17:15

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