- Sovi?ticos contra el poder: cr?nica del ?xito invisible de “una causa desesperada”
- Celda, oraci?n y castigo: la oscura m?quina de represi?n sexual y moral de la mujer en el franquismo
Era una tarde h?meda y nublada de junio de 2010 en Cambridge (Massachusetts). En la casa de la calle Trowbridge, una vivienda de tres plantas que respiraba el ?xito de la clase media norteamericana, se descorchaba champ?n. Don Heathfield, un consultor de startups, y su esposa Ann Foley, agente inmobiliaria, celebraban el vig?simo cumplea?os de su hijo Tim. Todo era normalidad dom?stica: brindis, risas y la promesa de un futuro brillante para unos hijos criados en la libertad occidental. Entonces, un golpe seco en la puerta rompi? el cristal de la realidad. Era un equipo t?ctico del FBI.
Mientras los agentes esposaban a los padres en rincones opuestos del sal?n, una verdad que hab?a permanecido oculta durante d?cadas comenz? a emerger. Ann Foley no era canadiense. La verdadera Ann Foley hab?a muerto de meningitis en Montreal en 1962, de beb?. La mujer que hab?a criado a Tim y a su hermano Alex era Elena Vavilova, una operativa de ?lite del SVR ruso, nacida en Siberia. Su marido no era Don, sino Andr?i Bezrukov. Eran “ilegales”: esp?as sin cobertura oficial, entrenados durante a?os para mimetizarse tan perfectamente en la sociedad enemiga que ni sus propios hijos sospechaban que su vida era ficci?n.
Esta escena, digna del mejor thriller (y que ha inspirado series como The Americans), es el punto de partida de Los ilegales: La historia nunca contada del programa de espionaje m?s secreto de Rusia (Salamandra), la monumental investigaci?n del periodista brit?nico Shaun Walker (1981) que acaba de llegar a Espa?a. Walker, corresponsal con larga experiencia en Mosc? para The Independent y The Guardian, no se limita a narrar historias de esp?as; disecciona la psique de unos seres humanos capaces de borrar su pasado para convertirse en armas del Estado.
Cuando nos citamos con ?l para conversar sobre esta paradoja, la primera pregunta es obligada. El caso de los hijos de Vavilova y Bezrukov o el de Peter Herrmann (hijo del esp?a checo-sovi?tico Rudolf Herrmann), plantea todo un dilema moral. El KGB exig?a una subordinaci?n total del instinto parental a la misi?n. ?Es posible ser buen padre y, al mismo tiempo, un buen ilegal? ?O la naturaleza del enga?o perpetuo constituye un inevitable abuso psicol?gico? “No quisiera erigirme en juez de la crianza de nadie, pero ciertamente, esta profesi?n lo hace muy dif?cil”. Walker recuerda sus conversaciones con Peter Herrmann, reclutado por su propio padre para el KGB en un intento de crear una dinast?a de esp?as, o “ilegales de segunda generaci?n”.
“Mucho de lo que Peter describ?a sobre su crecimiento sonaba a cosas que se escuchan en muchas familias, especialmente en las de inmigrantes de segunda generaci?n”, explica . Habla de padres que quieren que sus hijos se integren, pero no demasiado, por miedo a perderlos; padres que desconf?an de la cultura de acogida. “Pero, por supuesto, adem?s de eso vives en un gran enga?o, donde todo lo que les dices a tus hijos es mentira”.
La crueldad de este enga?o reside en su totalidad. No son mentiras piadosas; son los cimientos de la identidad de los ni?os los que son falsos. Walker destaca c?mo, a?os atr?s, cuando entrevist? a los hijos de la pareja de Cambridge, le transmitieron una sensaci?n de confusi?n y lealtad rota.
“Su argumento era que hab?an tenido conversaciones dif?ciles con sus padres y no entend?an la elecci?n de tener hijos sabiendo lo que hac?an”, relata Walker. Sin embargo, los hijos tambi?n sent?an que hab?an tenido “padres amorosos que, en muchos sentidos, hab?an sido muy buenos, pero que eligieron enfocarse en esa otra parte de sus vidas: la misi?n”. “Para resumir”, concluye Walker, “la prioridad siempre deb?a ser el trabajo”.
El mito del superesp?a
Si la vida familiar de los ilegales parece tr?gica, su vida operativa a menudo roza la farsa burocr?tica. La cultura popular rusa, y el propio Putin, han idolatrado la figura del esp?a omnipotente, al estilo del Stirlitz de la serie Diecisiete instantes de una primavera. Sin embargo, la investigaci?n de Walker en los archivos revela una realidad mucho m?s prosaica, a veces chapucera.
En el libro, Walker documenta casos como el de Jack Barsky, un ilegal que termin? trabajando como mensajero en bicicleta en Nueva York, entregando paquetes en lugar de robar secretos nucleares, o parejas que enviaban recortes de prensa que ya eran p?blicos. ?El programa de ilegales es, en realidad, m?s una herramienta de propaganda interna para sostener el mito de la grandeza rusa que una herramienta efectiva de inteligencia?
“Lo que trato de mostrar en el libro a lo largo de este arco de 100 a?os es que el programa cambi?”. El autor distingue claramente entre los “primeros ilegales” de la era bolchevique y los de la Guerra Fr?a tard?a. “Los primeros eran la respuesta a una situaci?n dif?cil: la Uni?n Sovi?tica no ten?a relaciones diplom?ticas, pero ten?a comunistas ideol?gicos con experiencia en la clandestinidad. Fue una soluci?n brillante y funcion? muy bien para ellos”.
Pero con el paso de las d?cadas, esa eficacia se diluy? en la esclerosis sovi?tica. “Se convirti? en un mito”. Y no solo en un mito, sino en una trampa log?stica. La Uni?n Sovi?tica se volvi? una sociedad cerrada, lo que obligaba a un esfuerzo tit?nico para entrenar a ciudadanos sovi?ticos y crearles identidades falsas desde cero.
“Mi conclusi?n general es que, con cada d?cada que pasaba, se volv?a m?s y m?s dif?cil crear a un ilegal, y los resultados eran cada vez menores”, asegura el periodista. “Hay m?s trabajo, m?s dinero, m?s tiempo invertido, y los resultados parecen bastante vergonzosos“.
Hoy, bajo el mandato de Putin, quien fue oficial del KGB en Dresde, este “culto al ilegal” ha resurgido con fuerza. Hay libros, estatuas y programas de televisi?n semanales. “Creo que si hubiera alg?n caso de los a?os 80 o 90 que realmente hubiera cambiado el mundo para Rusia, habr?amos o?do hablar de ?l”, argumenta Walker. “En cambio, tiendes a escuchar esto de ‘ellos cambiaron el mundo’, sin detalles”.
La historia de los “ilegales” no es lineal; es la cr?nica de una decadencia. Si los primeros, de la era bolchevique, fueron aventureros cosmopolitas revolucionarios, sus sucesores de la Guerra Fr?a fueron productos manufacturados en una cadena burocr?tica y paranoica.
El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? que hab?a fallecido en un pa?s occidental
Eran camaleones naturales. Pero a medida que la Uni?n Sovi?tica se cerraba sobre s? misma bajo el estalinismo y el Tel?n de Acero, la reserva de talento que hab?a dado lugar a Dimitri Bystrolyotov o al asesino de Trotski se sec?. El KGB se vio obligado a inventar extranjeros a partir de sovi?ticos que jam?s hab?an salido de su provincia.
El proceso de creaci?n de estas identidades falsas, detallado minuciosamente en Los ilegales, roza lo macabro. El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? fallecido en un pa?s occidental aprovechando la laxitud de los registros de la ?poca. As? “naci?” Don Heathfield, el nombre robado a un beb? canadiense muerto que Andr?i Bezrukov utiliz? durante d?cadas. As? volvi? a la vida la peque?a Ann Foley.
La inversi?n era, en efecto, colosal. En el libro, Walker describe el entrenamiento de Bezrukov y Vavilova. Pasaron a?os en pisos francos de Mosc? aprendiendo idiomas, c?digos y costumbres. En la etapa final, los trasladaron a una casa a las afueras de la capital dise?ada para simular un hogar americano. Ten?an prohibido hablar ruso, conscientes de que los micr?fonos del KGB registraban cada suspiro para asegurar una metamorfosis total.
Sin embargo, el resultado de tanto esfuerzo rara vez se correspond?a con la imagen cinematogr?fica. “Si miras a algunos de estos esp?as posteriores”, comenta Walker, “muchos de ellos est?n simplemente muy aburridos. Era una existencia muy dif?cil”. Lejos del glamour de James Bond y los martinis, la realidad del ilegal moderno se parec?a m?s a las novelas de John le Carr?: una espera interminable, burocracia y terror a ser descubierto.
Un ejemplo flagrante que Walker documenta es el de Mija?l Vasenkov, un ilegal que vivi? durante a?os en Per? y luego en Nueva York bajo la identidad del fot?grafo uruguayo Juan L?zaro. A pesar de d?cadas de infiltraci?n y de una vida construida sobre mentiras, su contribuci?n real fue, seg?n los archivos, m?nima.
“Lo que no pod?a entender”, confiesa Walker, “es qu? motiva a un joven sovi?tico ambicioso e inteligente en 1955 o incluso en 1980 a pensar: ‘Realmente quiero hacer esto’. Porque no hab?a muchas formas de ver el mundo desde la Uni?n Sovi?tica. Este era un programa de ?lite, prestigioso… no conoc?as todos los detalles hasta que estabas muy adentro. Y era una de las ?nicas formas de salir y viajar”.
Si hay una regi?n que ha servido hist?ricamente como el gran vestuario donde los esp?as rusos se cambian de piel, esa es Am?rica Latina. Desde los a?os 30 hasta la actualidad, el KGB y su sucesor, el SVR, han utilizado estos pa?ses como plataformas de lanzamiento para construir las llamadas “leyendas”: historias de fondo cre?bles.
Walker ofrece una explicaci?n pragm?tica y fascinante sobre esta obsesi?n geopol?tica. “Es una zona donde Rusia tiene fuertes lazos diplom?ticos“, se?ala, pero la clave es que “hay suficiente gente blanca en esta regi?n para que los rusos puedan pasar por sudamericanos… y son lugares donde en a?os recientes hubo mucha inmigraci?n”.
Esta mezcla de laxitud registral y diversidad ?tnica permite trucos como el que Walker describe en la entrevista: un oficial ruso encuentra en Namibia o en un registro perdido de la selva brasile?a el dato de un ni?o nacido de inmigrantes alemanes o italianos d?cadas atr?s. Con esa partida de nacimiento, se presenta en Buenos Aires o R?o y dice: “Hola, soy Ludwig Gisch, mis padres eran argentinos, nunca me saqu? el pasaporte”. Y el sistema lo engulle.
Igual que el mal c?lculo de Stalin en 1941, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas que no encajaban con su visi?n de invadir Ucrania
El libro documenta casos hist?ricos asombrosos, como el de I?sif Grigul?vich, que lleg? a ser embajador de Costa Rica en Italia y el Vaticano bajo una identidad falsa. Pero esta no es una t?ctica del pasado. Walker conecta esta tradici?n con el caso reciente de la pareja detenida en Eslovenia en 2022: viv?an como una tranquila familia argentina con dos hijos, pero en realidad eran agentes de ?lite rusos.
Ucrania y el autoenga?o
En 2022 Putin orden? la invasi?n de Ucrania convencido de que ser?a un paseo militar, apoyado supuestamente por redes de “durmientes” y una poblaci?n pro-rusa. Fue un error de c?lculo colosal que Walker atribuye a la naturaleza misma del sistema de inteligencia que Putin construy?.
En el libro, Walker narra su visita a la peque?a ciudad de Vasilkov, al sur de Kiev, al tercer d?a de la invasi?n. Los lugare?os, aterrorizados y armados con Kalashnikovs, le susurraban rumores sobre “durmientes” rusos que hab?an vivido entre ellos durante meses esperando la se?al de ataque. Sin embargo, la gran insurrecci?n interna nunca ocurri?. “Al igual que en 1941, cuando Stalin calcul? mal antes de la invasi?n de Hitler, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas porque no encajaban con su visi?n”,
El autor profundiza en la psicolog?a del poder autoritario que explica este fracaso. “Cuanto m?s r?gido es el sistema, mayor es la posibilidad de que acabes con analistas que piensan como t? quieres”, argumenta. Al igual que los agentes de la era sovi?tica ten?an miedo de contradecir a Stalin, los esp?as de hoy temen decirle a Putin que sus planes son una locura. El resultado es una c?mara de eco donde la realidad se sustituye por la fantas?a imperial.
La tecnolog?a moderna, con sus huellas biom?tricas y el rastro indeleble de las redes sociales, hace que la creaci?n de agentes como los de la Guerra Fr?a sea una tarea tit?nica, casi imposible. Incluso fuentes de inteligencia en Mosc? le admitieron que, en la era de la IA, crear leyendas que resistan el escrutinio es un desaf?o may?sculo.
Y, sin embargo, Putin, el esp?a que so?aba con ser Stirlitz, sigue enviando a su gente al fr?o, invirtiendo fortunas y vidas en un juego anacr?nico. ?Por qu?? La mayor?a acabar?n aburridos, alcoholizados o detenidos sin haber logrado nada relevante. Pero basta un solo ?xito para justificar, a ojos del Kremlin, cientos de vidas robadas.
- Sovi?ticos contra el poder: cr?nica del ?xito invisible de “una causa desesperada”
- Celda, oraci?n y castigo: la oscura m?quina de represi?n sexual y moral de la mujer en el franquismo
Era una tarde h?meda y nublada de junio de 2010 en Cambridge (Massachusetts). En la casa de la calle Trowbridge, una vivienda de tres plantas que respiraba el ?xito de la clase media norteamericana, se descorchaba champ?n. Don Heathfield, un consultor de startups, y su esposa Ann Foley, agente inmobiliaria, celebraban el vig?simo cumplea?os de su hijo Tim. Todo era normalidad dom?stica: brindis, risas y la promesa de un futuro brillante para unos hijos criados en la libertad occidental. Entonces, un golpe seco en la puerta rompi? el cristal de la realidad. Era un equipo t?ctico del FBI.
Mientras los agentes esposaban a los padres en rincones opuestos del sal?n, una verdad que hab?a permanecido oculta durante d?cadas comenz? a emerger. Ann Foley no era canadiense. La verdadera Ann Foley hab?a muerto de meningitis en Montreal en 1962, de beb?. La mujer que hab?a criado a Tim y a su hermano Alex era Elena Vavilova, una operativa de ?lite del SVR ruso, nacida en Siberia. Su marido no era Don, sino Andr?i Bezrukov. Eran “ilegales”: esp?as sin cobertura oficial, entrenados durante a?os para mimetizarse tan perfectamente en la sociedad enemiga que ni sus propios hijos sospechaban que su vida era ficci?n.
Esta escena, digna del mejor thriller (y que ha inspirado series como The Americans), es el punto de partida de Los ilegales: La historia nunca contada del programa de espionaje m?s secreto de Rusia (Salamandra), la monumental investigaci?n del periodista brit?nico Shaun Walker (1981) que acaba de llegar a Espa?a. Walker, corresponsal con larga experiencia en Mosc? para The Independent y The Guardian, no se limita a narrar historias de esp?as; disecciona la psique de unos seres humanos capaces de borrar su pasado para convertirse en armas del Estado.
Cuando nos citamos con ?l para conversar sobre esta paradoja, la primera pregunta es obligada. El caso de los hijos de Vavilova y Bezrukov o el de Peter Herrmann (hijo del esp?a checo-sovi?tico Rudolf Herrmann), plantea todo un dilema moral. El KGB exig?a una subordinaci?n total del instinto parental a la misi?n. ?Es posible ser buen padre y, al mismo tiempo, un buen ilegal? ?O la naturaleza del enga?o perpetuo constituye un inevitable abuso psicol?gico? “No quisiera erigirme en juez de la crianza de nadie, pero ciertamente, esta profesi?n lo hace muy dif?cil”. Walker recuerda sus conversaciones con Peter Herrmann, reclutado por su propio padre para el KGB en un intento de crear una dinast?a de esp?as, o “ilegales de segunda generaci?n”.
“Mucho de lo que Peter describ?a sobre su crecimiento sonaba a cosas que se escuchan en muchas familias, especialmente en las de inmigrantes de segunda generaci?n”, explica . Habla de padres que quieren que sus hijos se integren, pero no demasiado, por miedo a perderlos; padres que desconf?an de la cultura de acogida. “Pero, por supuesto, adem?s de eso vives en un gran enga?o, donde todo lo que les dices a tus hijos es mentira”.
La crueldad de este enga?o reside en su totalidad. No son mentiras piadosas; son los cimientos de la identidad de los ni?os los que son falsos. Walker destaca c?mo, a?os atr?s, cuando entrevist? a los hijos de la pareja de Cambridge, le transmitieron una sensaci?n de confusi?n y lealtad rota.
“Su argumento era que hab?an tenido conversaciones dif?ciles con sus padres y no entend?an la elecci?n de tener hijos sabiendo lo que hac?an”, relata Walker. Sin embargo, los hijos tambi?n sent?an que hab?an tenido “padres amorosos que, en muchos sentidos, hab?an sido muy buenos, pero que eligieron enfocarse en esa otra parte de sus vidas: la misi?n”. “Para resumir”, concluye Walker, “la prioridad siempre deb?a ser el trabajo”.
El mito del superesp?a
Si la vida familiar de los ilegales parece tr?gica, su vida operativa a menudo roza la farsa burocr?tica. La cultura popular rusa, y el propio Putin, han idolatrado la figura del esp?a omnipotente, al estilo del Stirlitz de la serie Diecisiete instantes de una primavera. Sin embargo, la investigaci?n de Walker en los archivos revela una realidad mucho m?s prosaica, a veces chapucera.
En el libro, Walker documenta casos como el de Jack Barsky, un ilegal que termin? trabajando como mensajero en bicicleta en Nueva York, entregando paquetes en lugar de robar secretos nucleares, o parejas que enviaban recortes de prensa que ya eran p?blicos. ?El programa de ilegales es, en realidad, m?s una herramienta de propaganda interna para sostener el mito de la grandeza rusa que una herramienta efectiva de inteligencia?
“Lo que trato de mostrar en el libro a lo largo de este arco de 100 a?os es que el programa cambi?”. El autor distingue claramente entre los “primeros ilegales” de la era bolchevique y los de la Guerra Fr?a tard?a. “Los primeros eran la respuesta a una situaci?n dif?cil: la Uni?n Sovi?tica no ten?a relaciones diplom?ticas, pero ten?a comunistas ideol?gicos con experiencia en la clandestinidad. Fue una soluci?n brillante y funcion? muy bien para ellos”.
Pero con el paso de las d?cadas, esa eficacia se diluy? en la esclerosis sovi?tica. “Se convirti? en un mito”. Y no solo en un mito, sino en una trampa log?stica. La Uni?n Sovi?tica se volvi? una sociedad cerrada, lo que obligaba a un esfuerzo tit?nico para entrenar a ciudadanos sovi?ticos y crearles identidades falsas desde cero.
“Mi conclusi?n general es que, con cada d?cada que pasaba, se volv?a m?s y m?s dif?cil crear a un ilegal, y los resultados eran cada vez menores”, asegura el periodista. “Hay m?s trabajo, m?s dinero, m?s tiempo invertido, y los resultados parecen bastante vergonzosos“.
Hoy, bajo el mandato de Putin, quien fue oficial del KGB en Dresde, este “culto al ilegal” ha resurgido con fuerza. Hay libros, estatuas y programas de televisi?n semanales. “Creo que si hubiera alg?n caso de los a?os 80 o 90 que realmente hubiera cambiado el mundo para Rusia, habr?amos o?do hablar de ?l”, argumenta Walker. “En cambio, tiendes a escuchar esto de ‘ellos cambiaron el mundo’, sin detalles”.
La historia de los “ilegales” no es lineal; es la cr?nica de una decadencia. Si los primeros, de la era bolchevique, fueron aventureros cosmopolitas revolucionarios, sus sucesores de la Guerra Fr?a fueron productos manufacturados en una cadena burocr?tica y paranoica.
El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? que hab?a fallecido en un pa?s occidental
Eran camaleones naturales. Pero a medida que la Uni?n Sovi?tica se cerraba sobre s? misma bajo el estalinismo y el Tel?n de Acero, la reserva de talento que hab?a dado lugar a Dimitri Bystrolyotov o al asesino de Trotski se sec?. El KGB se vio obligado a inventar extranjeros a partir de sovi?ticos que jam?s hab?an salido de su provincia.
El proceso de creaci?n de estas identidades falsas, detallado minuciosamente en Los ilegales, roza lo macabro. El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? fallecido en un pa?s occidental aprovechando la laxitud de los registros de la ?poca. As? “naci?” Don Heathfield, el nombre robado a un beb? canadiense muerto que Andr?i Bezrukov utiliz? durante d?cadas. As? volvi? a la vida la peque?a Ann Foley.
La inversi?n era, en efecto, colosal. En el libro, Walker describe el entrenamiento de Bezrukov y Vavilova. Pasaron a?os en pisos francos de Mosc? aprendiendo idiomas, c?digos y costumbres. En la etapa final, los trasladaron a una casa a las afueras de la capital dise?ada para simular un hogar americano. Ten?an prohibido hablar ruso, conscientes de que los micr?fonos del KGB registraban cada suspiro para asegurar una metamorfosis total.
Sin embargo, el resultado de tanto esfuerzo rara vez se correspond?a con la imagen cinematogr?fica. “Si miras a algunos de estos esp?as posteriores”, comenta Walker, “muchos de ellos est?n simplemente muy aburridos. Era una existencia muy dif?cil”. Lejos del glamour de James Bond y los martinis, la realidad del ilegal moderno se parec?a m?s a las novelas de John le Carr?: una espera interminable, burocracia y terror a ser descubierto.
Un ejemplo flagrante que Walker documenta es el de Mija?l Vasenkov, un ilegal que vivi? durante a?os en Per? y luego en Nueva York bajo la identidad del fot?grafo uruguayo Juan L?zaro. A pesar de d?cadas de infiltraci?n y de una vida construida sobre mentiras, su contribuci?n real fue, seg?n los archivos, m?nima.
“Lo que no pod?a entender”, confiesa Walker, “es qu? motiva a un joven sovi?tico ambicioso e inteligente en 1955 o incluso en 1980 a pensar: ‘Realmente quiero hacer esto’. Porque no hab?a muchas formas de ver el mundo desde la Uni?n Sovi?tica. Este era un programa de ?lite, prestigioso… no conoc?as todos los detalles hasta que estabas muy adentro. Y era una de las ?nicas formas de salir y viajar”.
Si hay una regi?n que ha servido hist?ricamente como el gran vestuario donde los esp?as rusos se cambian de piel, esa es Am?rica Latina. Desde los a?os 30 hasta la actualidad, el KGB y su sucesor, el SVR, han utilizado estos pa?ses como plataformas de lanzamiento para construir las llamadas “leyendas”: historias de fondo cre?bles.
Walker ofrece una explicaci?n pragm?tica y fascinante sobre esta obsesi?n geopol?tica. “Es una zona donde Rusia tiene fuertes lazos diplom?ticos“, se?ala, pero la clave es que “hay suficiente gente blanca en esta regi?n para que los rusos puedan pasar por sudamericanos… y son lugares donde en a?os recientes hubo mucha inmigraci?n”.
Esta mezcla de laxitud registral y diversidad ?tnica permite trucos como el que Walker describe en la entrevista: un oficial ruso encuentra en Namibia o en un registro perdido de la selva brasile?a el dato de un ni?o nacido de inmigrantes alemanes o italianos d?cadas atr?s. Con esa partida de nacimiento, se presenta en Buenos Aires o R?o y dice: “Hola, soy Ludwig Gisch, mis padres eran argentinos, nunca me saqu? el pasaporte”. Y el sistema lo engulle.
Igual que el mal c?lculo de Stalin en 1941, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas que no encajaban con su visi?n de invadir Ucrania
El libro documenta casos hist?ricos asombrosos, como el de I?sif Grigul?vich, que lleg? a ser embajador de Costa Rica en Italia y el Vaticano bajo una identidad falsa. Pero esta no es una t?ctica del pasado. Walker conecta esta tradici?n con el caso reciente de la pareja detenida en Eslovenia en 2022: viv?an como una tranquila familia argentina con dos hijos, pero en realidad eran agentes de ?lite rusos.
Ucrania y el autoenga?o
En 2022 Putin orden? la invasi?n de Ucrania convencido de que ser?a un paseo militar, apoyado supuestamente por redes de “durmientes” y una poblaci?n pro-rusa. Fue un error de c?lculo colosal que Walker atribuye a la naturaleza misma del sistema de inteligencia que Putin construy?.
En el libro, Walker narra su visita a la peque?a ciudad de Vasilkov, al sur de Kiev, al tercer d?a de la invasi?n. Los lugare?os, aterrorizados y armados con Kalashnikovs, le susurraban rumores sobre “durmientes” rusos que hab?an vivido entre ellos durante meses esperando la se?al de ataque. Sin embargo, la gran insurrecci?n interna nunca ocurri?. “Al igual que en 1941, cuando Stalin calcul? mal antes de la invasi?n de Hitler, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas porque no encajaban con su visi?n”,
El autor profundiza en la psicolog?a del poder autoritario que explica este fracaso. “Cuanto m?s r?gido es el sistema, mayor es la posibilidad de que acabes con analistas que piensan como t? quieres”, argumenta. Al igual que los agentes de la era sovi?tica ten?an miedo de contradecir a Stalin, los esp?as de hoy temen decirle a Putin que sus planes son una locura. El resultado es una c?mara de eco donde la realidad se sustituye por la fantas?a imperial.
La tecnolog?a moderna, con sus huellas biom?tricas y el rastro indeleble de las redes sociales, hace que la creaci?n de agentes como los de la Guerra Fr?a sea una tarea tit?nica, casi imposible. Incluso fuentes de inteligencia en Mosc? le admitieron que, en la era de la IA, crear leyendas que resistan el escrutinio es un desaf?o may?sculo.
Y, sin embargo, Putin, el esp?a que so?aba con ser Stirlitz, sigue enviando a su gente al fr?o, invirtiendo fortunas y vidas en un juego anacr?nico. ?Por qu?? La mayor?a acabar?n aburridos, alcoholizados o detenidos sin haber logrado nada relevante. Pero basta un solo ?xito para justificar, a ojos del Kremlin, cientos de vidas robadas.
- Sovi?ticos contra el poder: cr?nica del ?xito invisible de “una causa desesperada”
- Celda, oraci?n y castigo: la oscura m?quina de represi?n sexual y moral de la mujer en el franquismo
Era una tarde h?meda y nublada de junio de 2010 en Cambridge (Massachusetts). En la casa de la calle Trowbridge, una vivienda de tres plantas que respiraba el ?xito de la clase media norteamericana, se descorchaba champ?n. Don Heathfield, un consultor de startups, y su esposa Ann Foley, agente inmobiliaria, celebraban el vig?simo cumplea?os de su hijo Tim. Todo era normalidad dom?stica: brindis, risas y la promesa de un futuro brillante para unos hijos criados en la libertad occidental. Entonces, un golpe seco en la puerta rompi? el cristal de la realidad. Era un equipo t?ctico del FBI.
Mientras los agentes esposaban a los padres en rincones opuestos del sal?n, una verdad que hab?a permanecido oculta durante d?cadas comenz? a emerger. Ann Foley no era canadiense. La verdadera Ann Foley hab?a muerto de meningitis en Montreal en 1962, de beb?. La mujer que hab?a criado a Tim y a su hermano Alex era Elena Vavilova, una operativa de ?lite del SVR ruso, nacida en Siberia. Su marido no era Don, sino Andr?i Bezrukov. Eran “ilegales”: esp?as sin cobertura oficial, entrenados durante a?os para mimetizarse tan perfectamente en la sociedad enemiga que ni sus propios hijos sospechaban que su vida era ficci?n.
Esta escena, digna del mejor thriller (y que ha inspirado series como The Americans), es el punto de partida de Los ilegales: La historia nunca contada del programa de espionaje m?s secreto de Rusia (Salamandra), la monumental investigaci?n del periodista brit?nico Shaun Walker (1981) que acaba de llegar a Espa?a. Walker, corresponsal con larga experiencia en Mosc? para The Independent y The Guardian, no se limita a narrar historias de esp?as; disecciona la psique de unos seres humanos capaces de borrar su pasado para convertirse en armas del Estado.
Cuando nos citamos con ?l para conversar sobre esta paradoja, la primera pregunta es obligada. El caso de los hijos de Vavilova y Bezrukov o el de Peter Herrmann (hijo del esp?a checo-sovi?tico Rudolf Herrmann), plantea todo un dilema moral. El KGB exig?a una subordinaci?n total del instinto parental a la misi?n. ?Es posible ser buen padre y, al mismo tiempo, un buen ilegal? ?O la naturaleza del enga?o perpetuo constituye un inevitable abuso psicol?gico? “No quisiera erigirme en juez de la crianza de nadie, pero ciertamente, esta profesi?n lo hace muy dif?cil”. Walker recuerda sus conversaciones con Peter Herrmann, reclutado por su propio padre para el KGB en un intento de crear una dinast?a de esp?as, o “ilegales de segunda generaci?n”.
“Mucho de lo que Peter describ?a sobre su crecimiento sonaba a cosas que se escuchan en muchas familias, especialmente en las de inmigrantes de segunda generaci?n”, explica . Habla de padres que quieren que sus hijos se integren, pero no demasiado, por miedo a perderlos; padres que desconf?an de la cultura de acogida. “Pero, por supuesto, adem?s de eso vives en un gran enga?o, donde todo lo que les dices a tus hijos es mentira”.
La crueldad de este enga?o reside en su totalidad. No son mentiras piadosas; son los cimientos de la identidad de los ni?os los que son falsos. Walker destaca c?mo, a?os atr?s, cuando entrevist? a los hijos de la pareja de Cambridge, le transmitieron una sensaci?n de confusi?n y lealtad rota.
“Su argumento era que hab?an tenido conversaciones dif?ciles con sus padres y no entend?an la elecci?n de tener hijos sabiendo lo que hac?an”, relata Walker. Sin embargo, los hijos tambi?n sent?an que hab?an tenido “padres amorosos que, en muchos sentidos, hab?an sido muy buenos, pero que eligieron enfocarse en esa otra parte de sus vidas: la misi?n”. “Para resumir”, concluye Walker, “la prioridad siempre deb?a ser el trabajo”.
El mito del superesp?a
Si la vida familiar de los ilegales parece tr?gica, su vida operativa a menudo roza la farsa burocr?tica. La cultura popular rusa, y el propio Putin, han idolatrado la figura del esp?a omnipotente, al estilo del Stirlitz de la serie Diecisiete instantes de una primavera. Sin embargo, la investigaci?n de Walker en los archivos revela una realidad mucho m?s prosaica, a veces chapucera.
En el libro, Walker documenta casos como el de Jack Barsky, un ilegal que termin? trabajando como mensajero en bicicleta en Nueva York, entregando paquetes en lugar de robar secretos nucleares, o parejas que enviaban recortes de prensa que ya eran p?blicos. ?El programa de ilegales es, en realidad, m?s una herramienta de propaganda interna para sostener el mito de la grandeza rusa que una herramienta efectiva de inteligencia?
“Lo que trato de mostrar en el libro a lo largo de este arco de 100 a?os es que el programa cambi?”. El autor distingue claramente entre los “primeros ilegales” de la era bolchevique y los de la Guerra Fr?a tard?a. “Los primeros eran la respuesta a una situaci?n dif?cil: la Uni?n Sovi?tica no ten?a relaciones diplom?ticas, pero ten?a comunistas ideol?gicos con experiencia en la clandestinidad. Fue una soluci?n brillante y funcion? muy bien para ellos”.
Pero con el paso de las d?cadas, esa eficacia se diluy? en la esclerosis sovi?tica. “Se convirti? en un mito”. Y no solo en un mito, sino en una trampa log?stica. La Uni?n Sovi?tica se volvi? una sociedad cerrada, lo que obligaba a un esfuerzo tit?nico para entrenar a ciudadanos sovi?ticos y crearles identidades falsas desde cero.
“Mi conclusi?n general es que, con cada d?cada que pasaba, se volv?a m?s y m?s dif?cil crear a un ilegal, y los resultados eran cada vez menores”, asegura el periodista. “Hay m?s trabajo, m?s dinero, m?s tiempo invertido, y los resultados parecen bastante vergonzosos“.
Hoy, bajo el mandato de Putin, quien fue oficial del KGB en Dresde, este “culto al ilegal” ha resurgido con fuerza. Hay libros, estatuas y programas de televisi?n semanales. “Creo que si hubiera alg?n caso de los a?os 80 o 90 que realmente hubiera cambiado el mundo para Rusia, habr?amos o?do hablar de ?l”, argumenta Walker. “En cambio, tiendes a escuchar esto de ‘ellos cambiaron el mundo’, sin detalles”.
La historia de los “ilegales” no es lineal; es la cr?nica de una decadencia. Si los primeros, de la era bolchevique, fueron aventureros cosmopolitas revolucionarios, sus sucesores de la Guerra Fr?a fueron productos manufacturados en una cadena burocr?tica y paranoica.
El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? que hab?a fallecido en un pa?s occidental
Eran camaleones naturales. Pero a medida que la Uni?n Sovi?tica se cerraba sobre s? misma bajo el estalinismo y el Tel?n de Acero, la reserva de talento que hab?a dado lugar a Dimitri Bystrolyotov o al asesino de Trotski se sec?. El KGB se vio obligado a inventar extranjeros a partir de sovi?ticos que jam?s hab?an salido de su provincia.
El proceso de creaci?n de estas identidades falsas, detallado minuciosamente en Los ilegales, roza lo macabro. El m?todo predilecto era el del “doble muerto”: apropiarse de la identidad de un beb? fallecido en un pa?s occidental aprovechando la laxitud de los registros de la ?poca. As? “naci?” Don Heathfield, el nombre robado a un beb? canadiense muerto que Andr?i Bezrukov utiliz? durante d?cadas. As? volvi? a la vida la peque?a Ann Foley.
La inversi?n era, en efecto, colosal. En el libro, Walker describe el entrenamiento de Bezrukov y Vavilova. Pasaron a?os en pisos francos de Mosc? aprendiendo idiomas, c?digos y costumbres. En la etapa final, los trasladaron a una casa a las afueras de la capital dise?ada para simular un hogar americano. Ten?an prohibido hablar ruso, conscientes de que los micr?fonos del KGB registraban cada suspiro para asegurar una metamorfosis total.
Sin embargo, el resultado de tanto esfuerzo rara vez se correspond?a con la imagen cinematogr?fica. “Si miras a algunos de estos esp?as posteriores”, comenta Walker, “muchos de ellos est?n simplemente muy aburridos. Era una existencia muy dif?cil”. Lejos del glamour de James Bond y los martinis, la realidad del ilegal moderno se parec?a m?s a las novelas de John le Carr?: una espera interminable, burocracia y terror a ser descubierto.
Un ejemplo flagrante que Walker documenta es el de Mija?l Vasenkov, un ilegal que vivi? durante a?os en Per? y luego en Nueva York bajo la identidad del fot?grafo uruguayo Juan L?zaro. A pesar de d?cadas de infiltraci?n y de una vida construida sobre mentiras, su contribuci?n real fue, seg?n los archivos, m?nima.
“Lo que no pod?a entender”, confiesa Walker, “es qu? motiva a un joven sovi?tico ambicioso e inteligente en 1955 o incluso en 1980 a pensar: ‘Realmente quiero hacer esto’. Porque no hab?a muchas formas de ver el mundo desde la Uni?n Sovi?tica. Este era un programa de ?lite, prestigioso… no conoc?as todos los detalles hasta que estabas muy adentro. Y era una de las ?nicas formas de salir y viajar”.
Si hay una regi?n que ha servido hist?ricamente como el gran vestuario donde los esp?as rusos se cambian de piel, esa es Am?rica Latina. Desde los a?os 30 hasta la actualidad, el KGB y su sucesor, el SVR, han utilizado estos pa?ses como plataformas de lanzamiento para construir las llamadas “leyendas”: historias de fondo cre?bles.
Walker ofrece una explicaci?n pragm?tica y fascinante sobre esta obsesi?n geopol?tica. “Es una zona donde Rusia tiene fuertes lazos diplom?ticos“, se?ala, pero la clave es que “hay suficiente gente blanca en esta regi?n para que los rusos puedan pasar por sudamericanos… y son lugares donde en a?os recientes hubo mucha inmigraci?n”.
Esta mezcla de laxitud registral y diversidad ?tnica permite trucos como el que Walker describe en la entrevista: un oficial ruso encuentra en Namibia o en un registro perdido de la selva brasile?a el dato de un ni?o nacido de inmigrantes alemanes o italianos d?cadas atr?s. Con esa partida de nacimiento, se presenta en Buenos Aires o R?o y dice: “Hola, soy Ludwig Gisch, mis padres eran argentinos, nunca me saqu? el pasaporte”. Y el sistema lo engulle.
Igual que el mal c?lculo de Stalin en 1941, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas que no encajaban con su visi?n de invadir Ucrania
El libro documenta casos hist?ricos asombrosos, como el de I?sif Grigul?vich, que lleg? a ser embajador de Costa Rica en Italia y el Vaticano bajo una identidad falsa. Pero esta no es una t?ctica del pasado. Walker conecta esta tradici?n con el caso reciente de la pareja detenida en Eslovenia en 2022: viv?an como una tranquila familia argentina con dos hijos, pero en realidad eran agentes de ?lite rusos.
Ucrania y el autoenga?o
En 2022 Putin orden? la invasi?n de Ucrania convencido de que ser?a un paseo militar, apoyado supuestamente por redes de “durmientes” y una poblaci?n pro-rusa. Fue un error de c?lculo colosal que Walker atribuye a la naturaleza misma del sistema de inteligencia que Putin construy?.
En el libro, Walker narra su visita a la peque?a ciudad de Vasilkov, al sur de Kiev, al tercer d?a de la invasi?n. Los lugare?os, aterrorizados y armados con Kalashnikovs, le susurraban rumores sobre “durmientes” rusos que hab?an vivido entre ellos durante meses esperando la se?al de ataque. Sin embargo, la gran insurrecci?n interna nunca ocurri?. “Al igual que en 1941, cuando Stalin calcul? mal antes de la invasi?n de Hitler, Putin hizo caso omiso de una monta?a de pruebas porque no encajaban con su visi?n”,
El autor profundiza en la psicolog?a del poder autoritario que explica este fracaso. “Cuanto m?s r?gido es el sistema, mayor es la posibilidad de que acabes con analistas que piensan como t? quieres”, argumenta. Al igual que los agentes de la era sovi?tica ten?an miedo de contradecir a Stalin, los esp?as de hoy temen decirle a Putin que sus planes son una locura. El resultado es una c?mara de eco donde la realidad se sustituye por la fantas?a imperial.
La tecnolog?a moderna, con sus huellas biom?tricas y el rastro indeleble de las redes sociales, hace que la creaci?n de agentes como los de la Guerra Fr?a sea una tarea tit?nica, casi imposible. Incluso fuentes de inteligencia en Mosc? le admitieron que, en la era de la IA, crear leyendas que resistan el escrutinio es un desaf?o may?sculo.
Y, sin embargo, Putin, el esp?a que so?aba con ser Stirlitz, sigue enviando a su gente al fr?o, invirtiendo fortunas y vidas en un juego anacr?nico. ?Por qu?? La mayor?a acabar?n aburridos, alcoholizados o detenidos sin haber logrado nada relevante. Pero basta un solo ?xito para justificar, a ojos del Kremlin, cientos de vidas robadas.
Me pregunto qu? informaci?n pueden obtener personas completamente integradas en la sociedad, en momentos de paz con prensa que circula por todas partes.
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