Alguien tiene que hacerlo

Es muy desagradable tener siempre el mismo carácter de voz crítica. El rol de eterno disconforme. Es muy desagradable digo. Sin embargo, alguien tiene que hacerlo porque -al final- nadie lo asume y quedan las mismas cuestiones encima de la mesa y sin resolver. Por esta razón, vuelvo a tomar -no sin el infinito placer de decir lo que me da la gana cuando me da la gana- este papel de viejo actor encasillado. Viejo y encasillado pero -por lo visto- tediosamente necesario para dejar claro el argumento: al igual que aquellos actores secundarios de lujo de nuestras más acreditadas películas.
Y es que, hablando de películas -aunque esta vez muy malas- del Cine Español, se sigue haciendo escarnio público de lo que significan -real y profundamente- tanto el nacionalsindicalismo como su propuesta política. Esto que -de tanto en cuanto se pasea por nuestras calles en medio de banderas deshonradas y de consignas huecas- no es nacionalsindicalismo. Un autodenominado falangismo que, envuelto en la densa niebla de tristeza que circunda a España, se limita a hacer una constante exhibición de vocerío y de patrioterismo rancio: un festival de rojigualdo insulto pedrosanchezhijodeputa. Una autodenominada Falange que -entre el desconocimiento de los más y el silencio de los menos- se alinea en las filas de la extrema derecha, de la oligarquía rusa y del populismo más inoperante y torpe. Un falangismo que, al día de hoy, sigue cerrando filas tras el desvergonzado fascismo y la flagrante desnaturalización doctrinal. Un nacionalsindicalismo encastillado en el viejo molde del modelo político feliz, y definitivamente, derrotado en aquel desolador 1.945. Esto no es.
Hemos jalonado nuestro camino con una maraña tal de traiciones, deshonor, muertes, debates estériles, exaltadas filias y desaforadas fobias que, a la larga, resulta muy difícil encontrar una estrella para nuestro sextante. Lo único que nos salva -lo único- es el ejemplo honorable de nuestros Caídos: y también el conjunto de aquellas letras bien juntadas que han posibilitado -contra la impostura y la constante tergiversación- que podamos tener todavía unos principios doctrinales. Enterrados en el baldío vocerío de la extrema derecha, sobreviven intactos nuestros anhelos revolucionarios y nuestros renovados postulados.
Todos los que conocen profundamente las líneas maestras de estos pilares sólidos o están muertos o, lo que viene a ser mucho peor, están guardando un cómplice silencio: dejando pasar por alto, día tras día, esta impúdica inmundicia. Yo me niego a mirar para otro lado porque, en el fondo de mi corazón maltratado, sigo pensando que, en algún sitio inhóspito y lejano, vive ese nacionalsindicalismo indómito que -alejado de la cutrez insufrible que se desempolva anualmente en la Calle Ferraz en medio de mensajes de odio y de cantos que han perdido ya todo sentido- sigue tenido fe en una España ancha y cálida: una vía democrática en la que todos caben -cabemos- bajo el tejado de una Patria joven y vital. Sigo creyendo -a pesar de los años transcurridos y de tantas lágrimas y de tantos fracasos- que existe una Falange profundamente fértil y participativa: una solución radicalmente original a los viejos problemas de la sociedad española.
Mientras tanto -y por si a alguien le sigue interesando- diremos en voz alta que lo que hoy es presentado como falangismo no lo es: afirmaremos que Falange se parece al fascismo tanto como un huevo a una castaña, y que la solución autogestionaria y libre de esa República que España necesita no tiene nada que ver -absolutamente nada- con esos potajes ideológicos cocinados en los fogones decadentes de la reacción más descarada.
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